Twin Peaks redefine el serial televisivo para siempre

Twin Peaks redefine el serial televisivo para siempre
© ABC / CC-BY-SA-3.0
Hablar de Twin Peaks y lo que significó para el medio televisivo da miedo porque en palabras es imposible que hagan justicia a una obra perfectamente escrita por David Lynch y Mark Frost, que a través de los años sigue siendo una obra maestra.

El estreno de Twin Peaks en España en Noviembre de 1990 fue un punto y aparte para mi, como amante del cine y como persona, un antes y un después. Porque su magistral episodio piloto dejó una marca que no me ha abandonado a lo largo de mi vida. Y es que en 1990, con quince años recién cumplidos y en plena adolescencia, Twin Peaks llegó en el momento justo y perfecto. Ese momento en que estás abierto a otro tipo de obras y maneras de contar las cosas. Y, al igual que George Lucas y Steven Spielberg en los 1980’s con sus Star Wars, Indiana Jones o E.T., David Lynch me entregó un universo eterno que cambiaría la manera que tengo de entender el arte.

La serie, co-creada por David Lynch y Mark Frost, arrancó con un episodio piloto de hora y media de duración, co-escrito por ambos autores y dirigido por David Lynch que, aparte de ser quizás la mejor hora y media jamás entregada para la por entonces pequeña pantalla, cambió el entorno y las ambiciones de lo que debería ser una serie de televisión demostrando que ésta no era la hermana pequeña del cine, sino que era un medio a la altura del séptimo arte y que servía para un propósito bien distinto.

Y es que David Lynch y Mark Frost, más el primero que el segundo, por razones que iré explicando en este mismo artículo y en los siguientes dedicados a la serie y a su precuela televisiva, decidieron subvertir lo que los espectadores esperaban y necesitaban de un serial televisivo. Y lo consiguieron, al menos en esta primera temporada, con un clásico “whodunit”, “¿Quién mató a Laura Palmer?” que atesoraba en su interior mucho más.

La muerte de Laura Palmer, base del serial, sirve a David Lynch y Mark Frost para adentrarse en la vida de una pequeña población en el noroeste de Estados Unidos, frontera con Canadá, que está inmersa en un universo casi paralelo del resto del mundo. Y la serie, al menos por el momento no sale de dicho entorno donde coexisten al parecer sin ningún problema, diversos círculos de personajes, los cuales viven en un género diferente cada uno y que sirve para aportar distintos sabores y texturas a una primera temporada casi perfecta.

El piloto, dirigido por David Lynch, sirve como punto de partida y presentación de dicho universo y personajes. Un episodio donde David Lynch subvierte el drama propio de este tipo de historias, dejando a sus personajes que transmiten sus sentimientos sin reparos. Y es que es un episodio donde los sentimientos son superlativos, donde se llora mucho, sin reparos, sin congojas, y sin vergüenzas. Tanto los afligidos padres de Laura Palmer, en una escena memorable con un teléfono de por medio o en el dolor de algunos compañeros de colegio como Donna y James, aquí con pupitre vacío de por medio, en una escuela donde la muerte de una joven de diecisiete años, reina del baile para más seña, alumna y ciudadana perfecta en apariencia, parece que ha paralizado el tiempo.

En paralelo, David Lynch nos presenta un entorno y unos personajes, que van del cinismo (Benjamin Horne, Catherine Martell), al nihilismo,(Audrey Horne) o deudores del cine de James Dean o West Side Story, representados en personajes como James Hurley o Bobby Briggs. Tras su aparente naturalidad, nos encontramos con elementos tan disruptores como embriagadores, donde en un bar de moteros escuchamos la música celestial y misteriosa de Julee Cruise o, nuestro protagonista y ojo del espectador para conocer el pueblo y a sus peculiares habitantes, el Agente Especial Dale Cooper.

La aparición de Dale Cooper en escena, aporta a la serie el elemento rompedor de un pueblo que no quiere cambiar y vive a gusto en esa dicotomía entre la placidez exterior y la oscuridad interior. Le conocemos en su coche llegando a Twin Peaks, hablando a su grabadora y a una tal Diane, posible secretaria, a la que nunca veremos su rostro. Y es en Dale Cooper donde David Lynch y Mark Frost representan las dos caras del pueblo y del serial, donde lo trascendente y lo trágico se aúnan con lo cotidiano y supuestamente trivial.

Porque Dale Cooper es un investigador, un Sherlock Holmes ávido por descubrir lo desconocido y los misterios, que, aún sabiendo lo desgraciado de lo ocurrido y a medida que avanza en su investigación de lo ocurrido a Laura y su vida pasada y oculta, se deja encandilar y enamorar de las pequeñas cosas y placeres de la vida y de los pequeños detalles de un pueblo que maravilla y asusta a partes iguales, con elementos tan importantes para el serial, como los bosques, sus abetos, el café, los donuts o la tarta de cerezas.

Esa mezcla de géneros y la habilidad para desarrollar una intriga policiaca que tanto tiene de realismo como de realismo mágico; pistas que se sirven más de la meditación y la casualidad; donde los sueños y las visiones son tan importantes como los restos de sangre o las muestras de ADN aportando esa magia que hace a Twin Peaks un serial único e inimitable.

A lo largo de siete episodios que componen la primera temporada tras el piloto, David Lynch solo dirige un episodio más, el tercero -contando el piloto como el primer capítulo- donde tenemos el primer atisbo de que el realismo mágico va a hacer presencia en la serie, con el sueño o visión de la Habitación Roja que tras veintisiete años sigue siendo el momento quizás más revolucionario que ha visto la televisión en toda su historia, demostrando que Twin Peaks era algo diferente a todo lo que habíamos visto y veríamos posteriormente. Bob, Mike, La Habitación Roja y el Hombre de Otro Lugar con su baile fascinante y surreal serán piezas clave de lo que será la serie en su más surrealista y fantástica segunda temporada.

El resto de directores que dirigen el serial, como Lesli Linka Glatter, Trina Rathbone o Tim Hunter, siguen al pie de la letra las reglas estilísticas aportadas por el maestro David Lynch, en unos episodios que se devoran como pipas gracias a una habilidad inaudita y adictiva para ir contando qué le ocurrió a una Laura Palmer que ha tocado las vidas de todos o casi todos los habitantes del pueblo de manera directa o indirecta y que sirve para destapar las miserias de una población que hasta el momento parecía perfecta y sin mácula.

Ese pueblo y ese ambiente no se puede entender sin el que, para mi, es su tercer co-creador y quizás más importante que el propio Mark Frost, Angelo Badalamenti y su banda sonora. Con contados temas, crea el ambiente sonoro de una serie y un pueblo que es imposible imaginarlo con otra música que la acompañe y que a través de piezas melancólicas y jazzísticas, demuestra también que el serial televisivo no debe quedarse con música incidental de segunda categoría.

Si hubiera que buscarle un pero a una primera temporada antológica y memorable sería su season finale, escrita y dirigida por Mark Frost, porque aunque su concatenación de cliffhangers de infarto a resolver en una segunda temporada es muy divertida y una parodia de los excesos de culebrones como los anteriormente mencionados de Dallas y Dinastía, demuestra lo que ocurriría en la segunda mitad de la segunda temporada, con un David Lynch ausente.

En este episodio, Mark Frost intenta ser más autor que David Lynch. Y si este último controló su estilo para que la serie fuera una co-creación de ambos autores -aunque la realidad es que el verdadero talento lo tiene David Lynch y a las carreras posteriores de ambos autores me refiero- aquí Mark Frost rompe las reglas instauradas en la serie para desarrollar un capítulo con planos y secuencias efectistas, de tv-movie con ínfulas que en algunos momentos no parece que estemos ante el serial que nos encandiló en sus anteriores episodios, donde la extrañeza y el realismo mágico y la originalidad no venía dado por donde colocaba la cámara o por transiciones vulgares y presuntamente chocantes, sino por el ojo de un creador diferente como David Lynch.

Pero al menos en esta primera temporada, este capítulo final no empaña una temporada que posiblemente sean las mejores siete horas y media que ha entregado la televisión en conjunto, gracias a la muerte de una Laura Palmer, imagen del serial cuya presencia se siente a lo largo y ancho de un pueblo tan encantador como misterioso, donde un semáforo en la noche, un abeto Douglas mecido por el viento o una cabaña en mitad de un bosque bajo los acordes del ‘Into the Night’ de Badalamenti y la voz de Cruise siguen provocando las mismas sensaciones de inquietud y placer que la primera vez que lo vi hace ya la friolera de veintisiete años.

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