Libros ocultos, grimorios y otros volúmenes oscuros

Libros ocultos, grimorios y otros volúmenes oscuros
© Kindra Nikole / CC-BY-SA-3.0
Quien tiene un libro, tiene un tesoro, pero quien tiene un grimorio puede tenerlo todo. Si está buscando ideas para regalar un libro o eres el propietario de una microeditorial en crisis, te conviene echar un vistazo a nuestro informe sobre este género literario.

A medida que abrimos las puertas a nuestra versión en español, damos la bienvenida a nuestra audiencia latina que a lo largo de los años ha crecido significativamente, manteniendo la misma línea de artículos publicados en este tiempo como parte de nuestra esencia. Hemos decidido escribir sobre Grimorios, es decir, libros de magia que son representados como volúmenes polvorientos y encuadernados en piel humana, o, lo peor, de algún inocente cabrito, guarecidos por poderosos sellos y dotados de recios candados que impiden que sus secretos acaben en manos de la persona equivocada. Libros que portan maldiciones, que revelan los secretos de los muertos o que contienen toda la legislación relativa a pactos con Satanás y otras entidades poco recomendables. El tipo de fondo bibliográfico que es común en las bibliotecas del Vaticano y del instituto de enseñanza secundaria de Sunnydale.

Aunque tales libros existen, hay que decir que en la tradición oculta abundan más los tratados de magia natural, astrología y medicina que los libros que enseñan a congraciarse con los arcángeles o mantener conversaciones con los tronos celestiales, mejor conocidos como libros de magia blanca, pero aun así llevarían a nuestros huesos en una celda de la Inquisición en menos de lo que se tarda en escribir la palabra Tetragrammaton si los encontrasen entre nuestras posesiones, bueno, al menos durante la mayor parte de la historia europea.

Puestos a desmitificar, hay que decir que el negocio de los grimorios no se nutrió únicamente de incunables en latín editados a todo lujo, abundaban los libros de magia popular impresos en masa y comercializados a precios asequibles. Con ellos el pueblo podía aprender a curar un resfriado común, bendecir el nacimiento de un ternero, desenterrar tesoros ocultos o doblegar la virtud de las damas cristianas, actividades que los emparentan con géneros famosos de nuestros días, como los manuales para aprender a ligar o los tratados que enseñan a pensar como los ricos.

Para que puedan existir libros que revelen secretos perdidos y sabidurías ocultas, es necesario que antes existan cuerpos de conocimiento olvidados. La demonología babilónica y los misterios del antiguo Egipto son invocados con frecuencia como garante de la legitimidad de los textos. La tradición judeo cristiana señala a varios personajes bíblicos, históricos o simplemente míticos, como responsables de la transmisión de estos conocimientos.

Enoch, el bisabuelo de Noé, sería la primera de estas autoridades antiguas gracias a su trato con los hijos de Elohim, o sea, los ángeles, tal y como se recoge en ‘El Libro de Enoch’, apócrifo que forma parte de los famosos ‘Manuscritos del Mar Muerto.’ Sin salir de tan ilustre familia, tenemos el caso destacado de Sem, segundo hijo de Noé y, de acuerdo con la doxografía, experto iniciado en magia babilónica anterior a la caída. El tal Sem se las habría arreglado para poner a buen recaudo sus pergaminos y tablillas durante el Diluvio, bien escondiéndose dentro del Arca, o poniéndolos en un lugar seguro al que volvió a buscarlos cuando dejó de llover. En ambos casos, la astucia de Sem revela que la intervención divina para acabar con la idolatría de los hijos de Caín fue más o menos tan eficaz como las muchas intervenciones militares del ejército estadounidense por esa parte del mundo.

Moisés también tenía fama de mago poseedor de saberes ocultos, seguramente transmitidos por Yaveh en sus frecuentes encuentros o anotados en la tercera tabla entregada en el monte Sinaí, la misma que el profeta rompió en un ataque de rabia producida por los israelitas. Otras versiones menos autorizadas, sostienen que Moisés podría haber aprendido magia de sus preceptores egipcios y se habría destacado en su juventud poniendo en dificultades a los magos de la corte del faraón. No menos importante que la de Moisés, es la autoridad de Salomón, cuya sabiduría, al parecer, no se limitaba a partir infantes por la mitad sino que se extendía al campo de la demonología, en el que destacó por la proeza de encerrar en botellas a setenta y dos demonios.

Simón el Mago, un obrador de prodigios contemporáneos y rival de Jesucristo, es otro personaje al que la tradición atribuye el tipo de magia sexual que actualmente asociamos a ciertas sectas gnósticas. Simón utilizaba tanto semen como flujo menstrual en sus operaciones mágicas, y los resultados no podrían ser más espectaculares. Las historias sobre él que circulaban en la Temprana Edad Media nos lo pintan prácticamente como un villano de la Marvel Comics, capaz de volar o de invocar a perros demoníacos para poner en fuga a los apóstoles y de volverse invisible como el mismísimo Edward Alexander Crowley.

Fuera de la jurisdicción bíblica, destacan las figuras de Zoroastro o Zarathustra, el fundador del mazdeísmo, en el que algunos creen reconocer a un hijo de Sem o, incluso, al propio Sem, y Hermes Trismegisto, identificado alternativamente como un dios griego (Hermes), un dios egipcio (Toth) y un sabio helenístico, precursor indiscutible del Corpus Hermeticum, un batiburrillo místico con tonos neoplatónicos de enorme influencia en la magia renacentista.

De todo esto, además de incontables papiros obra de magos anónimos de los primeros siglos de nuestra era, había en cantidad en la mítica Biblioteca de Alejandría. Naturalmente, casi todo se perdió en los fuegos encendidos por la Única Religión Verdadera, dejando el campo libre para la aparición de los grimorios tal y como los conocemos.

Dado el crisol de culturas que poblaban la península durante la Edad Media, a nadie le cogería por sorpresa que el grimorio más notorio de la época fuera elaborado en la España musulmana. Se trata del Picatrix, o Ghäyat al-Hakïm según su título original, una obra de magia talismánica de mediados del siglo XII que muestra influencias tanto de la tradición cabalística como de la magia astrológica que los árabes habrían traído de Persia. Traducido al castellano y al latín en la ciudad de Toledo por orden del rey Alfonso X el Sabio, el Picatrix es un texto claramente benigno en el que se enseña a elaborar amuletos y talismanes empapados con el poder de los astros, aunque también abunda en detalles pintorescos como rituales con espadas o sacrificios animales, por lo que no es de extrañar que fuera rápidamente identificado como un libro diabólico e incluído en el índice de Libros Prohibidos, cuya primera edición española, ordenada por el inquisidor general don Fernando de Valdés, se publicó en 1559.

La mala fama del Picatrix vino a alimentar la leyenda negra de Toledo, ciudad que, al igual que Salamanca, se identificaba en la época como un conocido nido de nigromantes y demonólatras. La creencia popular afirmaba que la capital toledana estaba edificada sobre un sistema de cuevas donde los demonios se daban cita con sus adoradores. Este concepto psicogeográfico encontrará eco en uno de los cuentos incluidos por el infante don Juan Manuel en ‘El Conde Lucanor’ (el de El deán de Santiago y don Yllán) y será muy querido por el goticismo inglés y alemán, siempre dispuestos a ambientar sus horrores en países mediterráneos; es decir, papistas y, por ende, satanistas.

El Renacimiento supone, como sabemos por haberlo estudiado en segundo de la ESO, un retorno a la cultura grecolatina por lo que repunta el interés por el Corpus Hermeticum y otras concepciones místicas propias del neoplatonismo, en parte gracias a las flamantes traducciones de Marsilio Ficino. En cuanto a la producción grimorística de la época, destaca la figura de Cornelius Agrippa, cabalista neoplatónico y cristiano autor de un tratado, ‘De Occulta Philosophia’ (Marburgo, 1559), que luego sería publicado como ‘Los Tres Libros de Filosofía Oculta’ de Cornelius Agrippa. Se trata de una obra de magia natural en la que, entre otras muchas cosas, se establecen las jerarquías de ángeles y espíritus. Su popularidad, que ya era grande, aumentó desmedidamente con el añadido posterior al canon de un ‘Cuarto Libro de Filosofía Oculta,’ denunciado como apócrifo desde el primer momento por los discípulos de Agrippa, y en el que se abordaban temas de demonología y nigromancia.

También por ésta época comienza a haber constancia de la circulación del ‘Clavícula Salomonis’ o ‘Lemegeton.’ El texto está dividido en cinco partes: ‘Ars Goetia,’ ‘Ars Theurgia Goetia,’ ‘Ars Paulina,’ ‘Ars Almadel’ y ‘Ars Notoria.’ La palabra “goetia” (en castellano, “goecia”) deriva de un término griego que designaba una especie de aullido o lamento considerado como una voz mágica y se usaba para referirse al trato con los demonios. Sea como sea, la primera parte del ‘Lemegeton’ es, de lejos, la más influyente, en ella se detallan las características de setenta y dos demonios, conocidos como demonios goéticos, las formas de invocarlos y dominarlos.

‘Ars Goetia’ es la fuente original de la jerarquía demoníaca que se ofrece en el apéndice Pseudomonarchia Daemonum, añadido a la obra del protestante Johann Weyer, ‘De Praestigiis Daemonum’ (Basilea, 1563). Weyer era un escéptico que escribió su libro como denuncia de la superstición y falsedad que encerraban a su juicio los grimorios, pero le salió el tiro por la culata y el ‘Praestigiis’ pasó a ser considerado como un grimorio más.

La influencia del ‘Clavicula Salomonis’ alcanza incluso al ocultismo contemporáneo a través de la edición revisada por McGregor Mathers y Edward Alexander Crowley a principios del siglo XX. El ‘Lemegeton’ se convertiría muy pronto, con el oportuno añadido de un manuscrito encontrado por Mathers en la parisina Biblioteca del Arsenal (‘El Libro de la Magia Sagrada de Abramelín’), en la piedra angular de la doctrina de la Golden Dawn y derivados. En el Libro 4 de Edward Alexander Crowley, por ejemplo, todas las referencias a la goecia están tomadas del ‘Ars Goetia.’

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